miércoles, 22 de noviembre de 2017

Madrugando con la Sabiduría





La Sabiduría es luminosa y nunca pierde su brillo: 
se deja contemplar fácilmente por los que la aman 
y encontrar por los que la buscan. 
Ella se anticipa a darse a conocer a los que la desean. 
El que madruga para buscarla no se fatigará, 
porque la encontrará sentada a su puerta. 
Meditar en ella es la perfección de la prudencia, 
y el que se desvela por su causa 
pronto quedará libre de inquietudes.” (Sab 6, 12-15).

Hace poco hemos leído estos versículos en una Misa dominical. Es un texto maravilloso, extraído del libro de la Sabiduría. En la Misa casi siempre centramos la atención en el evangelio pasando por alto otros textos; es una buena práctica a mi entender: demasiada carne al asador no se cocina bien como saben los expertos.

Hoy me parece importante volver a estos versículos: me quedaron grabados y cada tanto resuenan en mi corazón. Les comparto como siempre mi sentir y mi reflexión.

El tema de la sabiduría es esencial en todas las tradiciones espirituales y religiosas de la humanidad. En efecto todas las tradiciones son tradiciones de sabiduría, más allá de los distintos enfoques y matices.
¿Por qué es tan central la sabiduría?

Para comprenderlo cabalmente hay que despejar el campo de malentendidos: por sabiduría las tradiciones espirituales no entienden un vano conocimiento o un cúmulo de informaciones. Tampoco entienden algo reservado a algún experto o especialista.
La sabiduría no se refiere a algún aspecto del saber o alguna maestría. No es un conocimiento técnico o un doctorado.

La sabiduría va de la mano con la vida. Para las tradiciones espirituales la sabiduría es el arte de vivir, el arte de comprender los secretos de la vida para vivir en plenitud, paz y alegría. En este sentido filosofía y sabiduría se convierten en sinónimos. Nada que ver con el abordaje que se da muchas veces en la enseñanza de la filosofía: conceptos y cavilaciones mentales que poco tienen que ver con nuestra cotidianidad. Por eso nuestros liceales no la aman mucho.

Desde siempre hubo hombres sabios: seres de luz que comprendieron los secretos de la vida y la vivieron en plenitud. En otras palabras: desde y en el amor.

Encontrar la sabiduría es entonces esencial, especialmente en una sociedad occidental a menudo muy superficial y trivial. Una sociedad que sigue las tendencias de aquel que grita más fuerte o de aquella que tiene el cuerpo menos cubierto. Una sociedad que se deja seducir por el mito del consumo y del placer, del éxito y la estupidez. Una sociedad que mide todo o casi con el criterio de las pelotas: las dos de los genitales masculinos y la solita que rueda en las canchas de fútbol. Una sociedad que a menudo pacta con la corrupción y aplaude a los vivos de turno. Una sociedad que escucha más a presentadores, bailarinas y futbolistas en lugar de los grandes maestros de la historia, pasada y actual.

Encontrar la verdadera sabiduría es esencial para aprender a vivir y a amar. Sin sabiduría nuestra frágil y corta existencia se volverá monótona, superficial, estéril.
Esta sabiduría no está lejos de nosotros. Es, a menudo, la sabiduría de nuestros refranes populares, que muchos citan y pocos viven. Es la sabiduría de nuestros abuelos, que tanto amamos y poco escuchamos (pero… ¿se puede amar sin escuchar?). Es la sabiduría de los grandes de la historia: Confucio, Heráclito, Buda, Jesús, Francisco de Asís, Tomás de Aquino, Hildegarda de Bingen, Catalina de Siena, Martin Luther King, Gandhi… solo por citar unos pocos.

Los invito a rumiar todo el hermoso texto y a detenerse en cada palabra y cada frase.

Yo me detengo esencialmente en este versículo:

El que madruga para buscarla no se fatigará, 
porque la encontrará sentada a su puerta.

Parece que hay una relación entre la sabiduría y el madrugar. El autor de nuestro versículo parece percatarse. Tal vez cuenta su misma experiencia.
La sabiduría está sentada a la puerta de aquel que madruga: ¡qué imagen tan linda!
Madrugar hace bien. “La mañana tiene el oro en la boca” advierte un refrán italiano. “A quién madruga Dios le ayuda” dice otro.
Madrugar indica una actitud atenta y disponible, una actitud de interés y búsqueda. Las primeras horas de la mañana son horas de quietud y silencio. Son las horas donde el corazón y la mente están más abiertos y dóciles al encuentro con Dios. Son horas frescas y cargadas. Son las horas donde sale el pan recién hecho, las horas donde los pájaros arrancan a cantar y donde el café o el mate tienen un sabor especial.

El esfuerzo por madrugar (con la costumbre deja de ser esfuerzo y se convierte en necesidad) nos regala el encuentro con la sabiduría: “El que madruga para buscarla no se fatigará”. Nada más hermoso que encontrarse con la sabiduría. El cansancio y el esfuerzo se convierten en alivio y gozo. Como decía Jesús: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt 11, 29-30).
La posible carga – por algunos – del madrugar, se convierte en yugo suave y liviano.

Tempranito por la mañana la Sabiduría nos espera sentada a nuestra puerta. Es decir: siempre disponible, siempre presente. Está ahí, esperándonos.
Necesitamos madrugar para encontrar un tiempo de soledad y silencio. Soledad y silencio son los lugares donde la Sabiduría habita. No podemos encontrar la sabiduría en medio del caos, la prisa y el ruido. Y casi siempre soledad y silencio nos encuentran en la madrugada o en las primeras horas de la mañana.
Después nuestras jornadas se convierten muchas veces en un constante movimiento y actividad y nuestros propósitos de encontrar un espacio de silencio a menudo fracasan. También de tardecita o de noche el cansancio del día nos visita y no logramos conectar con el silencio y la soledad: buscamos la sabiduría a nuestra puerta y no la encontramos. Se fue, también ella cansada de tanto esperar.

Tan importante es la Sabiduría que los teólogos ortodoxos rusos – especialmente Sergej Bulgakov – la llegan a personificar.
Bulgakov, justamente a partir de los libros bíblicos de la Sabiduría y de los Proverbios, imagina a la Sabiduría como una Persona al lado del Padre, del Hijo y del Espíritu. La Sabiduría, amiga íntima de Dios, estaba ahí en la creación, aconsejando y acompañando al Creador.
Desde nuestra perspectiva podemos afirmar que el soplo de Dios que continuamente crea y sostiene la realidad, es un soplo sabio, un soplo que inyecta sabiduría en cada cosa.

Hay que volver a madrugar, a amar las primeras horas de la mañana. Tal vez nuestra sociedad occidental, obsesionada con el bienestar y la comodidad, puede encontrar en el esfuerzo de madrugar un antídoto a sus males y a su superficialidad.

Madrugando con la Sabiduría: camino de paz y alegría.













domingo, 19 de noviembre de 2017

Mateo 25, 14-30




La conocida parábola de los talentos corre el riesgo de ser malinterpretada y de hecho en muchos casos es lo que pasó. Una lectura superficial y literal nos llevaría a dos grandes malentendidos que oscurecerían el genuino mensaje evangélico.

¿Cuáles son los grandes malentendidos?

Por un lado una interpretación de la relación con Dios a partir del merito: trabajar a todo trapo e invertir nuestros talentos nos merece el amor de Dios. Es una mentalidad todavía muy presente en el pueblo cristiano: la salvación hay que ganársela, hay que merecerla. Justo lo opuesto al mensaje central del evangelio: la gratuidad. Esta espiritualidad del merito – que San Pablo destrozó en sus cartas ya en los primeros años del cristianismo – lleva a consecuencias nefastas e inhumanas: elitismo espiritual, competencia, envidias, celos, castas, orgullo, hipocresía.
Por el otro lado nos ofrecería una imagen de un Dios exigente y perfeccionista – parecido a un moderno empresario sin escrúpulos – que pretende un camino de perfeccionismo para el pobre ser humano condicionado y limitado. También esta mentalidad perfeccionista sigue presente en muchos ámbitos cristianos y eclesiales. Más allá que hasta la psicología moderna reconoce el gran peligro del perfeccionismo para el equilibrio de nuestra frágil psique, también espiritualmente es un camino insano. El perfeccionismo tiene serias consecuencias: una tensión continua, la poca capacidad de disfrute, el postergar siempre en un futuro la felicidad.
Un ideal perfeccionista hace olvidar lo extraordinario: todo es ya perfecto en su manifestación imperfecta.

Intentamos captar el mensaje de la parábola teniendo en cuenta el eje del mensaje y la vida de Jesús: la gratuidad. Siempre hay que tener este criterio claro a la hora de leer el evangelio y buscar su mensaje de vida para nosotros hoy: también – y sobre todo – cuando parece contradecir ese mensaje esencial y fundante.
Todo el evangelio hay que leerlo a la luz de la Vida plena que somos y que Dios continuamente nos regala en el momento presente.

¿Cómo interpretar entonces los talentos?

Los talentos en el fondo expresan y revelan nuestra identidad: lo que somos. Lo que somos es el talento más preciado y valioso. Vivir en conexión y a partir de este talento llevará sin duda a dar fruto. Y estos frutos maravillosos no nos llevarán a los peligros de una religión del merito o perfeccionista: viviremos a partir de lo que somos y lo que somos es – esencialmente – don, gratuidad. Y el don que se sabe don excluye merito, perfeccionismo, moralismo.
Viviendo en conexión con nuestro ser esencial aparecerán también los talentos más concretos y originales de cada uno, como revelación de las infinitas posibilidades del ser. El ser humano, decía Kierkegaard es una “infinita posibilidad”.
Esos talentos que cada uno tiene son también don y hay que sacarlos a la luz: nuestro ser esencial empuja constantemente para poder expresarse en esos talentos propios y particulares de cada uno. Es propio del Amor expresarse y revelarse. No permitir esta expresión nos enfermará de alguna manera. Es lo que le pasa al siervo miedoso que esconde su talento y no da fruto.

Una espiritualidad del miedo nos bloquea e impide la vivencia de nuestro auténtico ser y la revelación de nuestros talentos.
¡Es la hora del despertar! Es hora de una sana rebeldía contra toda autoridad que reprime una genuina expresión del ser y de los talentos.
Es hora de ser más responsables.
Juan Luis Segundo insiste sobre la responsabilidad. Al siervo malo y perezoso “el dueño le responde: precisamente porque yo cosecho donde no siembro, necesito de ti para cosechar donde no sembré. Necesito de ti para sacar cosas donde yo nada puse; para eso es mi ley, para que tu la hagas servir al hombre y produzcas cosas que yo solo no puedo producir; con la ley tu tienes un elemento para humanizar la existencia del hombre; pero para ello tienes que arriesgarte a usar la ley con libertad en esa tarea que se te da; si tu no te arriesgas, no me sirve de nada que me devuelvas la ley íntegramente, no me sirve de nada recobrar el talento que te di porque yo soy el que cosecha donde no siembro y por eso necesito de ti, tienes que aceptar el riesgo, la responsabilidad, de lo contrario no me sirves”.

Somos responsable del gran don del ser y de la vida: no responder nos llevará a una vida estéril y triste. Y esto no tiene nada que ver con una imagen de un Dios castigador y castrador: lo que llamamos “Dios” en realidad estará siempre ahí, siempre presente, siempre Presencia. Estará siempre ahí en el fondo de nuestro ser, latiendo en cada cosa y soplando vida por doquier.
Estará siempre ahí tocando su flauta divina, esperando a que el agujero se destape y se vacíe.
Es hora de vivir, de deja fluir la música. Si no respondemos ahora sin duda responderemos con nuestra muerte: será el fin del ego, de nuestra defensas y nuestros miedos.
Tal vez sería mejor empezar desde ahora a ser responsables y a vivir en plenitud…





martes, 14 de noviembre de 2017

“Mi alma canta la grandeza del Señor” (Lc 1, 46).




Quién concibió a Cristo se pone a cantar” nos dice el sacerdote y poeta italiano David María Turoldo (1916-1992).
Me gusta mucho esta figura de sacerdote: profético, rebelde, poeta, amigos de los pobres. Nos invita a concebir a Cristo y a cantar el poeta. Nos invita a cantar con María y como María.

Nos acercamos al tiempo de Adviento, tiempo de espera y preparación a la Navidad. Acercarnos a María entonces nos viene de maravilla, así como reflexionar sobre el Misterio de la encarnación.

María concibe a Cristo y su primer gesto es cantar. Aunque el texto del Magnificat (1, 46-55) que Lucas pone en los labios de María con toda probabilidad no refleja palabras históricas de la Virgen, sin duda podemos confiar que María cantaba y alababa a Dios.
Concebir a Cristo y cantar van de la mano. Tal vez nosotros cantamos poco porque no concebimos al Cristo. Nos parece que concebir a Cristo fue misión exclusiva de María de Nazaret. Grave error, como lo señalan los padres de la iglesia. Se da y se puede dar un concebimiento místico del Cristo. Y místico no significa menos real, sino más real.

Orígenes afirma: ¿De qué me sirve que Cristo haya nacido una vez en Belén si no nace de nuevo por fe en mi alma?
Y el místico polaco-alemán Angelus Silesius:
Aunque Cristo nazca mil o diez mil veces en Belén, de nada te valdrá si no nace por lo menos una vez en tu corazón

La encarnación va más allá del acontecimiento historico de Jesús de Nazaret.
Dios sigue encarnandose en la historia, sigue expresandose y manifestandose en todo lo que vive. Dios es Vida y la Vida, en todas sus infinitas manifestaciones, expresa y revela a Dios, sin por eso agotarlo.
Entoces estamos llamados, como cristianos, a concebir al Cristo. Concebir al Cristo es un acto de conciencia: conectar con nuestro ser esencial, descubrir la unidad que subyace a nuestra vida, descubrirnos uno con Dios.
Descubrimos entonces que “Cristo” es nuestro nombre más auténtico, nuestra más profunda idendidad. Lo concebimos cuando caemos en la cuenta que somos el Cristo en una particular expresión.
Descubierto esto nos queda solo una cosa por hacer: cantar. Danzar también, como hacía el místico sufí Rumi y como hacen tantos pueblos indigenas.
Surge espontaneo el canto y la alabanza, el gozo y el agradecimiento. Cantando con o sin palabras. Con la voz o desde el corazón.
Y este canto contagia, invita, anima.

Cantando sembramos en el mundo la semilla del despertar, del Cristo que viene y vendrá. La semilla del Cristo que todo lo llena.
Todos somos madres de Cristo e invitados a donarlo al mundo. Desde el silencio y desde el amor.
Solo se concibe así: desde el silencio y desde el amor. Silencio y amor que no podremos después callar: entonces cantaremos. Cada cual cantará como puede y sabe: no importa. Importa cantar.
El canto saldrá solo, como un fuego de amor que no se puede contener.



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